Federer se convierte en el jugador con más semanas como nº1 de la historia

Iniciado por fandealmagro, 15 de Julio de 2012, 22:45

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y aprovecho para poner este análisis sobre su carrera de hoy mismo:

El pacto con la eternidad de Roger Federer

Posted by Rafael Plaza



Millones de personas contemplaron la dulce sonrisa del asesino de sueños mientras él se dejaba caer sobre el suelo de la pista central más prestigiosa del mundo. Allí estaba el británico Andy Murray roto en mil pedazos. Allí estaba su familia consternada por un nuevo golpe en las ilusiones del joven de 25 años. Allí estaba la grada local naufragando por un océano de dolor, apartada una vez más de celebrar la victoria de un jugador británico en terreno patrio. Allí estaba Roger Federer, el último campeón de Wimbledon, paladeando cada momento como si estuviese viviendo aquellas sensaciones por última vez en su vida. Por sus piernas fue trepando una agitación olvidada. El sabor de la victoria corría por el interior de su cuerpo mientras más de catorce mil personas le aplaudían elevándole hacia la cima del universo. El contacto de sus dedos con la hierba activó una corriente que le subió desde los pies hasta la cabeza. La conexión con aquella superficie era maravillosa. Se sentía afortunado por estar allí disfrutando de aquel pequeño pero precioso instante en la intimidad de su cabeza.

La soledad que le acompañó durante la última gran batalla de su vida dejó paso a la felicidad más intensa que jamás había sentido. Acaba de ganar Wimbledon por séptima vez en su carrera con casi 31 años. Tenía que ser un sueño. Seguro. Ahora, cuando acudiese a recoger la copa dorada del campeón vendrían las niñas y le despertarían entre traviesas risas. Abriría los ojos y refunfuñaría premeditadamente para quedarse un rato más en la cama mientras ellas tiraban de él obligarle a abandonar las sábanas. Abriría los ojos empapado en sudor y llegaría a la conclusión de que se trataba de una pesadilla. Era imposible que todo fuese tan perfecto. Jamás pensó que ganaría Wimbledon delante de su mujer y sus hijas. Aquello era demasiado incluso para él. Le sobrepasaba la situación. Había ganado allí en 2003, cuando era un joven malhumorado y desconocido con barba y coleta y acaba de ganar en 2012, siendo una leyenda viva y un padre de familia en la madurez de su vida. Estaba cerrando el círculo.

No se trataba de un título más. Era uno de los que más había perseguido desde que inició esta frenética locura de éxitos y fracasos resumida en torneos y viajes por todo el mundo. Se trataba de una pelea contra el tiempo. De una guerra interior contra sí mismo y contra una vida que había cambiado mucho en los dos últimos años. Cuando ganó se demostró que aún podía volver a hacerlo, que la barrera de la edad no era lo suficientemente alta. Tampoco haber formado una familia y tener que levantarse en mitad de la noche acurrucar a las gemelas en sus brazos lloraban desconsoladas. Todo seguía funcionando, pese a llevar una vida completamente distinta al lado de Mirka, su esposa, y de Myla y Charlene, sus dos hijas. Sonrió victorioso. Era la persona más afortunada de la tierra.

Sus pensamientos viajaron por los fotogramas de una vida entera mientras caminaba hacia el banco convertido en el último ganador de Wimbledon.

Estaba sentado en una cafetería de Gstaad leyendo un diario generalista. Tomaba un zumo de naranja mientras sus ojos devoraban las fotografías sin detenerse en las letras que protagonizaban la mayor parte de las hojas. Avanzó rápidamente entre todo tipo de noticias hasta llegar a la parte final del periódico. La sección de deportes, su preferida. Hablaban de la inauguración de St. Jakob Park, el nuevo estadio del equipo de fútbol de Basilea que había sido bendecido tras una reconstrucción meses atrás. Le gustaba aquel campo. Había estado en dos ocasiones antes de la remodelación. Estaba intrigado por comprobar cómo había quedado tras las obras. El diseño corría a cargo de los suizos Herzog & de Meuron, lo que era sinónimo de calidad. Aunque las fotografías estaban bien, iría a verlo en cuanto tuviese unos días libres para admirarlo en directo.

Continuó su repaso a la actualidad y se detuvo bruscamente al ver su nombre impreso en la parte superior de la página: "La revelación suiza de Wimbledon naufraga ante el ídolo local", rezaba el titular que estaba acompañado de una foto suya. Un hombre pálido y desgarbado esperaba a alguien apoyado sobre una red inmaculadamente blanca. Su alborotado pelo, recogido en una cola, y su barba de tres días definían a la perfección el tipo de persona que era. Rebelde y desordenado. Su imagen era un reflejo de su personalidad dentro de la pista. La noticia intentaba aclarar los motivos de la derrota ante Tim Henman, el británico que le había eliminado sobre la hierba de Wimbledon.

Días atrás había logrado algo impensable que todavía le costaba asimilar. Sinceramente, nunca llegó a pensar que podría ganar a Pete Sampras en la pista central de Wimbledon. ¡A Pete Sampras!, el único junto con el británico William Renshaw capaz de ganar siete títulos en Londres. El mismo que defendía la corona lograda un año atrás ante Patrick Rafter. El mismo que había sido su héroe por su forma de jugar y por su carácter fuera de la pista. Pete era un campeón a la altura de los nombres más grandes del deporte de la raqueta. La victoria había sido en cinco mangas, en un partido de más de tres horas. Lloró cuando acabó todo en la soledad del vestuario. Aquel triunfo era una forma de abrir una vía de escape a la crítica que le perseguía. Un puñetazo encima de la mesa de aquel joven temperamental con talento para morder la historia, pero con la mente desordenada para aspirar a metas mayores.

Sampras era un espejo en el que se miró durante mucho tiempo y desde aquel día la primera víctima ilustre de una lista interminable.

Él, que solo había jugado dos veces en Londres perdiendo en la primera ronda del torneo, logró enterrar al estadounidense bajo la mirada del ilustrado público del tercer Grand Slam del año. La grada de Wimbledon le imponía más respeto que ninguna otra. El silencio sepulcral que envolvía los intercambios, solo roto por el sordo sonido de la bola contra las cuerdas de la raqueta, era una melodía que no podía sacarse de la cabeza. Le llegaba a obsesionar, protagonizando sus pensamientos. Como los disparos de las armas en mitad de la guerra. Aquel sonido era arte sin instrumentos, el blues de la catedral de la hierba era la música de su vida.

Cuando acabó con Pete subió al cielo. Le llegaron cientos de mensajes al teléfono móvil y otros tantos al correo. La prensa se interesó en él como nunca antes lo habían hecho. Le llamaron varios diarios Suizos y estuvo realizando entrevistas más de dos horas tras finalizar el partido. Acabó agotado, pero se encontraba feliz. Estaba en los cuartos de final de Wimbledon, mucho más de lo que puedo imaginar cuando llegó días atrás a Londres. Decidió saborear el momento, pese a todas las advertencias que le llegaron avisándole de lo que podría sucederle. Tras una gran victoria siempre aparece la relajación. Es inevitable. Después de tocar el cielo te quedas flotando entre las nubes durante días. No le dio mayor importancia.

Salió a competir en los cuartos de finales con la confianza rozando niveles desconocidos. Jugaba contra Henman, la esperanza británica de aquel momento. La grada estaba con él intentando, una vez, más empujar a un tenista patrio a lo más alto. Le pasó por encima. Pudo ganarle, no tenía ninguna duda, pero se mostró extrañamente convencido de que derrotaría al jugador local y ocurrió todo lo contrario. Le pasó factura la victoria ante Sampras dos días atrás. Ganó un set, pero fue producto de la relajación de su rival. Se sintió abatido. Las advertencias tenían razón. Le dolió porque la oportunidad perdida quizás no volvería a presentarse nunca. Eso no podía saberlo. Arrastró el fantasma de Henman durante el resto de la temporada, meditabundo y absorto, mientras firmaba resultados discretos en los siguientes torneos.



En 2002 volvió a ser el de siempre, como si el jugador que apareció en Wimbledon meses atrás jamás hubiese existido. Era el mismo tenista desordenado e irritable de los últimos años. El mismo que rompía la raqueta cuando las cosas no funcionaban o que se empeñaba en discutir con el árbitro inútilmente solo para calmar su incendio interior. Llegó a Wimbledon pensando que la temporada anterior había marcado el camino y tropezó de bruces contra la realidad. Perdió en primera ronda contra el croata Mario Ancic. Las derrotas tenían un efecto devastador en él porque le atemorizaban y le hacían sentir aún más inseguro. Recuperó entonces un pensamiento del pasado apartado por la victoria ante Sampras el año anterior. Quizás podría vivir del tenis el resto de su vida. Estaría entre los cien mejores jugadores del planeta e incluso podría ganar algún título más. Pero ahí quedaría su historia. No formaría parte de los libros. No sería uno más del club que formaban Borg, Connors, McEnroe o Sampras, todos esos ídolos de una infancia tardía. La idea de deambular entre los cien mejores jugadores del mundo no era tan mala. Se acostumbraría a renunciar a lo que siempre deseó aquel domingo viendo la final de Wimbledon entre Edberg y Becker. El tenis sería su trabajo, sí, pero nada más.

Doce meses después todo había cambiado. Algo encajó en el rompecabezas. Fue el paso más importante de su carrera, el mismo que le permitió llegar a ser uno de los mejores jugadores en toda la historia del deporte de la raqueta. La situación era diametralmente diferente en 2003, un año después de aquel pensamiento terrible que le asaltó tras perder con Ancic. Pasó de ser un mediocre jugador de tenis a un campeón de Grand Slam. Eso eran palabras mayores. Aquella derecha sagaz que maravilló al mundo no podía ser pasajera. Aquel elegante revés a una mano que surcaba la hierba eclécticamente no podía ser itinerante. Aquello no era casualidad.

Estaba tumbado en la arena de una playa desierta de Cerdeña. Los primeros rayos del sol de la mañana bañaban su piel y su memoria volvía una y otra vez a lo sucedido hacía dos días. Sí, lo había hecho. Sí, había ganado en el templo de la hierba, el sueño de toda una vida. Sí, aquel hombre feliz que se veía reflejado en el agua de Italia había ganado Wimbledon. Recitó mentalmente los rivales que se cruzó por el camino sin detenerse a pensar: Lee. Koubek. Fish. López. Schalken. Roddick. Y Philippoussis. Era el sendero de la gloria. ¡No era un sueño! ¡Había ganado Wimbledon!

Por primera vez en todos esos años había conseguido unir mente y talento en armoniosa sintonía. Era lo que necesitaba. Encontrar la fórmula perfecta. Logrando que sus emociones y sus golpes se dieran la mano llegó a brillar de forma resplandeciente. Conjugó alma y pensamientos y nunca volvió a mirar atrás. El resto de títulos de su currículo llegaron como las piezas del dominó que se derrumban una tras otra. Ganó cinco veces más en Wimbledon, seis con la victoria que acaba de lograr ante Murray. Cuatro en Australia, cinco en Nueva York y una en París. Logró levantar hasta ese momento más de 100 títulos. Pudieron ser más, de no haber cruzado con la persona que más le robó y a la vez más le hizo crecer: Rafael Nadal. Sus 28 enfrentamientos disputados eran historia del deporte, no solo del mundo de la raqueta. Le había ayudado a mejorar, no había duda de ello, pero también le había arrebatado un trozo de gloria tan grande como para estirar su currículo más allá de los 20 trofeos grandes. Le encantaban los retos como el de enfrentarse al mallorquín.

Amaba el deporte. Amaba el tenis. Amaba vencer. Posiblemente amaba todo eso más que ninguna otra persona. Sin embargo, era muy difícil seguir manteniendo vivo ese amor después de haberlo ganado prácticamente todo. Lo intentaba limpiando su mente de ese tipo de pensamientos. Afrontaba las tediosas esperas en aeropuertos y los más de cincuenta viajes por temporada como una oportunidad única, un regalo que muchas otras personas querrían disfrutar para conocer diferentes culturas y explorar países únicos. A Mirka también le encantaba y eso era suficiente para inclinar la balanza. Canalizar era la solución al problema. También estaban los entrenamientos y el calentamiento previo a los partidos. Era aburrido e incluso molesto para él, pero tenía que hacerlo. El único camino para encontrar la perfección que tanto deseaba era entrenar. Eran las reglas de la élite y se sentía orgulloso por aceptarlas tan bien desde que algo encajó en su interior en 2003 hasta el final de sus días como tenistas.

Nunca le había asustado pensar en el final de su carrera. Llegaría y lo aceptaría de forma natural, como afrontó perder el número uno del mundo después de años de dominio. Su vida seguiría porque había más cosas después del tenis. Tendría más tiempo para dedicar a su familia y podría disfrutar por completo los placeres de la vida que la élite le había negado. Le encantaba viajar, cosa que hacía habitualmente, pero deseaba poder conocer los rincones más maravillosos del universo sin tener que estar preocupado por el entrenamiento de la mañana siguiente. Lo único que echaría en falta de competir sería la adrenalina. Lo tenía muy claro. La sensación previa a disputar un partido era imposible de sustituir. Los minutos anteriores a una final de Grand Slam en el vestuario no podrían ser comparados a nada. Aquella magia indescriptible que envolvía a los dos jugadores en el vestuario. Aquella corriente de nervios, ansiedad e incertidumbre. Le dolería perder todo eso.

Viajó a través de sus años como profesional. El balance de su vida no podía ser mejor. Era un afortunado. No había sufrido lesiones importantes durante su carrera, pese a disputar más de mil batallas. Jamás se había retirado de un partido en juego y se sentía satisfecho por haberlo logrado. Solo la espalda había amenazado con señales dolorosas de su fragilidad. Tenía una familia y una vitrina de trofeos para la historia en su casa, el lugar donde más protegido se sentía cuando tenía la oportunidad de descansar allí. Saboreaba la ocasional tranquilidad del hogar como un preciado tesoro.

Tras París, por ejemplo estuvo algunos días allí. Había pasado la tarde jugando con sus dos hijas. Les hacía cosquillas en la barriga mientras ellas intentaban librarse de aquellos dedos punzantes entre las carcajadas incontrolables que ambas proferían. Era un buen padre y se sentía orgulloso de ello. Había logrado formar una familia sin dejar de ser jugador de tenis al nivel más alto. Viajaba siempre que podía con sus hijas y, por supuesto, con Mirka. Ellas tres formaban el círculo más importante de su vida. La tranquilidad de mirar a la grada durante un partido y encontrarlas allí sentadas era mejor que cualquier consejo que pudiese darle su entrenador, Paul Annacone.

Bajó al sótano con Myla, la que más se parecía a él de las dos gemelas. Charlene era un reflejo de Mirka. Allí estaba el cuarto donde guardaba todo el material deportivo. Había más de cien raquetas y medio centenar de zapatillas. También algunas camisetas azules, rojas y blancas. A la pequeña le encantaba aquel rincón de la casa donde estaban todas las pertenencias de su padre. Recordó cómo se enteró de que serían dos.

La noticia le sorprendió durante el Abierto de Australia de la temporada 2009. No esperaba que fuese exactamente así. Lo recordaba perfectamente. Se enteró horas antes de disputar el partido de cuartos de final ante Juan Martín del Potro. "Vienen gemelas", le dijo Mirka. Ganó al argentino de una forma abrumadora por 6-3, 6-0 y 6-0. Era evidente que había estado influenciado por la relevación que había marcado los minutos previos a aquel duelo decisivo. No pudo desconectar de lo que le rodeaba durante aquel partido. Normalmente olvidaba dentro de la pista lo que le unía con el mundo exterior, pero aquella noche en las antípodas fue incapaz de olvidar que su futura mujer esperaba dos hijas.

Las gemelas siguieron en su mente durante el resto del torneo. Estaba cómodo con su juego y apenas había sufrido en las dos rondas previas que le llevaron a la final del torneo ante Rafael Nadal. Fue un combate que esperaba y que se le escapó por su culpa. El español venía de jugar durante más de cinco horas en semifinales y tenía que notarlo en su cuerpo. En otro duelo a cinco mangas terminaría ahogándose, sin energías. Era una ley no escrita, pero presente en su mente. Perdió la final él, no se la ganó Nadal. La punzada de dolor se hizo más intensa.



Acaba de perder la final de Australia en un humillante quinto set y estaba frente a toda aquella gente llorando desconsolado. Era la primera vez que abría su corazón a ojos del universo. "Dios, esto me está matando", fue lo primero que logró mascullar. Las lágrimas eran imposibles de detener. Su discurso fue tan rápido como protocolario. Estaba hundido. Nadal le abrazó cuando dejó el micrófono y le susurró al oído que era el más grande y que superaría a Sampras ganando otro Grand Slam. Buscó a Mirka en la grada y la encontró con los dedos en la boca, secuestrada por el pánico de verle en ese estado. Las derrotas ya no le causaban miedo, le hacían reflexionar sobre lo ocurrido, ver que había pasado e intentar arreglarlo para el futuro. Era la madurez, sin duda.

Despertó a la mañana siguiente y se quedó horrorizado ante la repercusión desmedida que habían tenido aquellas malditas cinco palabras. La frase fue sacada de contexto. O mejor, fue mal comprendida. Le estaba matando la situación. Tener que hablar delante del público de Melbourne tras perder el partido frente a Nadal, no haber perdido tantas veces contra el español. Le estaba matando no poder contener las lágrimas, siendo incapaz de felicitar a Nadal como merecía y empañando la ceremonia de trofeos. Luego, durante los siguientes meses e incluso años, tuvo que soportar como le acusaban de llorón, de frágil, de querer ser el protagonista por encima del ganador y de un conjunto de descalificativos que le dolieron de verdad. Él, tan acostumbrado a mantener las formas, había sido demasiado sentimental. El conjunto de factores que se presentaron en Australia desembocaron en aquellas lágrimas incontrolables.

Algo similar volvió a suceder meses después cuando cazó finalmente uno de los objetivos más escurridizos de su carrera: ganar en París, el último de los cuatro templos que le faltaba por conquistar. Entonces muchos dijeron que no tenía tanto mérito. Argumentaban que no había acabado con el mejor jugador de la historia sobre tierra batida: Nadal. No estaba de acuerdo. Ganar Roland Garros a Soderling era tan importante como hacerlo ante Nadal. Quizá ante el español hubiese sido más gratificante, más perfecto, pero era una barbaridad pensar que aquel título en París tenía un mérito menor por haber aprovechado la derrota del mallorquín en octavos de final. Lo importante en tenis es ganar al jugador que esté al otro lado de la red, se llame como se llame. Si Soderling llegó a la final es porque lo merecía tanto como Nadal. Era el mejor en ese momento y era el enemigo al que debía derribar para cerrar el círculo y ganar los cuatro torneos del Grand Slam. No era un objetivo acabar con Nadal en Roland Garros para vengarse de su victoria en Wimbledon durante 2008. La meta era ganar en París tras tantos años de duro esfuerzo. Lo había intentado todo para conquistar el segundo Grand Slam del año y finalmente formaba parte de su palmarés. Nada ni nadie podían restarle méritos a aquella gesta.

Volvió al presente. Estaba de pie, viendo llorar desconsolado a Murray frente a toda la grada británica. No le salían las palabras porque un nudo invisible le presionaba la garganta. Lo estaba pasando mal y él sabía lo que era eso. Quizá no de aquella forma, porque nunca había tenido la responsabilidad de cubrir ante su público un vacío de más de 70 años, pero conocía el momento que Andy estaba atravesando. Mientras el británico terminó su discurso repasó el partido en cuatro destellos.

Cuando todo empezó, vio en Murray el reflejo del demonio. Tenía una certera determinación en el rostro. Quería acabar con él de una vez por todas. Quería ser el campeón tras las derrotas de Nueva York y Australia. Quería convertirse en el primer británico en ganar Wimbledon desde que Fred Perry lo lograse en 1936. Quería enterrar todos los fantasmas y gritar al mundo que estaba preparado para ganar un Grand Slam y formar parte de la historia. Quería ganar aquella guerra. Le ardían los ojos y se movía a la velocidad de la luz. Siempre elegía la opción correcta. El arranque de la final había sido fatídico para sus intereses. Andy jugaba cerca de su mejor nivel y él estaba sorprendentemente nervioso. Falló tiros ridículos. Por ejemplo, sobre el segundo servicio de su rival mandó la pelota tres metros tras la línea de fondo en muchas ocasiones. Estaba atenazado por todas las oportunidades que se le presentaban. Ganar ese partido suponía volver a levantar un Grand Slam y recuperar el número uno. Era fácil pensarlo y asimilarlo. Después de todo este tiempo en la sombra parecía imposible que estuviese tan cerca de volver a brillar. Era de carne y hueso y los nervios estaban allí presentes dispuestos a reclamar su parte de protagonismo.

Tenía punto de set al resto. Subió a la red y ejecutó una volea que al botar dibujó un efecto regresivo. Se asombró de lo que hizo y era toda una novedad. Conocía a la perfección de lo que era capaz, pero aquella obra de arte que le sirvió para devolver la final al punto de partida le había cautivado. Abrió sus pulmones y dejó entrar el aire aliviado por lo que acaba de lograr. El partido estaba igualado a un set y no lo merecía. Lo más justo habría sido que aquel parcial también hubiese sido para Andy. Mientras él había jugado un tenis a destellos, su rival estaba algunos peldaños por encima. Eso solo podía ser una buena noticia. Murray difícilmente podría subir más el nivel. Él, sin embargo, aún tenía muy lejos su techo. Volvió a apretar con fuerza los dientes. Perder aquel set hubiese sido renunciar al séptimo título en Londres. Nadie desde 1968 había remontado dos mangas en la final de Wimbledon y él no sería ser una excepción en caso de haber caído.

Sentado en el banco escuchó bramar a la grada. Pocas veces el público de Wimbledon se mostró tan inclinado hacia un jugador. Incluso habían llegado a celebrar sus fallos durante algunos tramos de la final. Eso era impensable años atrás. La presencia de Murray les empujaba a adoptar actitudes impropias de la grada más respetuosa del universo. Pero no le importaba. Estaba tan concentrado que no escuchaba nada al margen de su controlada respiración. En su interior había algo distinto. Raro. Ese cosquilleo indescifrable que no sentía desde hacía mucho tiempo. Aquella llamada de los instintos escondía una realidad: iba a ganar Wimbledon por séptima vez en su vida.

La lluvia estaba de su parte. Apareció y obligó a cerrar el techo de la pista central y continuar el partido bajo las 10.000 toneladas que impedían el paso del líquido elemento. Quizá Murray pensaba lo mismo a escasos metros de él en majestuoso vestuario de madera. Le veía hablar con Lendl de reojo. El exjugador checo estaba pálido mientras sopesaba lo que Andy le decía. Bajo techo se restaba mejor, sí, pero bajo techo él tenía un historial inmaculado. Había perdido un partido en pistas cubiertas en los últimos 18 meses. No era casualidad. Aislado del aire que molestaba a su servicio y protegido del frío que dañaba su espalda, a la que nunca había considerado fuerte.

Se sintió capaz de detener el tiempo durante los juegos que precedieron a la reanudación del duelo. El agua había ordenado sus ideas. Pegaba a la bola de forma limpia y segura. Los apoyos, fundamentales en su juego, volvían a funcionar. Voló y voló mientras Murray se quedaba con los pies pegados sobre la hierba de Londres. Sabía que su mejor nivel no estaba al alcance del escocés. De hecho, su mejor nivel estaba al alcance de muy pocos tenistas. Él, que había sobrevivido a tres generaciones de hambrientos jugadores, tres generaciones de estilos distintos que habían mutado desde la red hasta el fondo de la pista, tres generaciones que le habían visto ganar Wimbledon subiendo a la cinta y permaneciendo tras la línea de fondo, tenía nuevamente punto de partido. Fue rápido y nada épico. Su nombre resonó en la central de Wimbledon anunciándole como vencedor de la batalla.

Se llevó las manos a la cara. Lloró. Acababa de ganar Wimbledon. Poco importaba si se retiraba o si decidía continuar compitiendo cuatro años más. Era eterno.


http://www.jotdown.es/2012/07/el-pacto-con-la-eternidad-de-roger-federer/


jandos

Total, qué más da...

...si ya va a venir zunderlips a explicarnos que, fuera de los GS, nada tiene ni p.uta importancia...  :silvar:  :grin:

Ah! y Lendl tercero...  bah! pero no si importa esta marca, qué tonto soy...   


Nadal ni aparece... el más listo: hay que ir sólo a lo que importa...  :risas:



Ahora en serio...

Grandeee Roger...  :txapeldun: y esta marca para mí sí que tiene mucha más importancia de la que le quieren dar muchos de mente estrecha...

:txapeldun:

ZELLGADISS

jandos las semanas de nº1 indican el dominio que has tenido sobre el resto de jugadores contemporaneos a ti.
Y si, es un dato MUY IMPORTANTE  :afro:

Uno de los sueños de todo jugador es ganar un GS, pero otro SIN DUDA, es ser nº1 del mundo.
Y cuantas mas semanas , aun mejor esta claro  :txapeldun:

jandos

A ver Zellgadis, que estaba en modo irónico hombre...

...que me he tirado 300 páginas discutiendo con el zunders este sobre el tema, y defendiendo yo la importancia del no.1...


...a ver si vamos a empezar aquí otra discusión de 300 páginas, por un malentendido...  :grin:

ZELLGADISS

#5
jandos si no te he dicho nada a ti hombre.
Solo recordaba el merito que tiene eso.

Se que tu tambien lo compartes  :wink:

No lo pillastes?  :grin: :grin: :grin:

zunderlips27

Jandos,Zelgadis y R3McEnroe... las únicas personas en el mundo que defienden que Lendl está por encima de Nadal en un ránking del GOAT. Qué magnífico valor!! tiene mérito ir contra el mundo y mantenerse atrincherado en vuentra postura ante tanta evidencia.

jandos

Cita de: ZELLGADISS en 15 de Julio de 2012, 23:40
jandos si no te he dicho nada a ti hombre.
Solo recordaba el merito que tiene eso.

Se que tu tambien lo compartes  :wink:

No lo pillastes?  :grin: :grin: :grin:


Sí, que ya no pillo nada hoy... que el zunderlips me ha dejado la cabeza como un "bombo"...  :grin:

:afro:


(y aquí sigue el tío además, machaca que machaca...)  :risas:

ZELLGADISS

#8
zunderlips nuevamente me estas nombrando para vacilarte de algo que no respetas.

Gente como oiron, glinax o algo asi no recuerdo,wildeano y algunos mas tampoco daban a nadal por encima de Lendl o habian muchisimas dudas.

Asi que zunderlips vete a reirte de otro vale, porque ya cansas con el temita sabes  :bash:

Guilax

 Que raro!! La atp haciendo un poster conmemorativo del numero 1 de Federer!?!?!! Pero si el numero 1 no tiene importancia nos decia Gerulaitis! Si lo unico que vale son los GS segun zunderlips.... en eltenis esta el model olimpico de los medalleros!

jajaja Ahora en serio. GRANDE ROGER TREMENDO RECORD NI NOS IMAGINAMOS LO DIFICIL QUE HASIDO CONSEGURI ESTO. Un apluaso tb desde aqui a Sampras, Lendl,Connors , Mcenroe. Unos grandes del tenis
Mis favoritos actuales: el maestro Federer, Jo-Wilfred Tsonga, Grigor Dimitrov. Mi pupilo: Christian Garín. Favoritos retirados: Fernando Gonzalez, Marat Safin.

forehand director

Grande Roger :clap:  Otro enorme Record que logra superar   :alab: :alab:

Joder, ya tiene un hilo de casi 200 páginas para seguir con este tema. Acá a felicitar a Federer por ser el jugador con más semanas como número 1 o a trollear a otra parte.
Richard Gasquet... el Mosquetero del Revés Exquisito

Guilax

Cita de: forehand director en 15 de Julio de 2012, 23:55
Grande Roger :clap:  Otro enorme Record que logra superar   :alab: :alab:

Joder, ya tiene un hilo de casi 200 páginas para seguir con este tema. Acá a felicitar a Federer por ser el jugador con más semanas como número 1 o a trollear a otra parte.

No respondere a Forehand porque no quiero caer en provocaciones de barriobajeros.
Mis favoritos actuales: el maestro Federer, Jo-Wilfred Tsonga, Grigor Dimitrov. Mi pupilo: Christian Garín. Favoritos retirados: Fernando Gonzalez, Marat Safin.

forehand director

Eh?? No entiendo. A lo que voy es que ya hay un lugar donde hablar de los 90, lendl vs nadal, la importancia de ser número 1, la MC vs la Davis, etc. No hay razón de usar todo santo hilo para hablar de lo mismo.
Richard Gasquet... el Mosquetero del Revés Exquisito

Guilax

Cita de: forehand director en 16 de Julio de 2012, 01:18
Eh?? No entiendo. A lo que voy es que ya hay un lugar donde hablar de los 90, lendl vs nadal, la importancia de ser número 1, la MC vs la Davis, etc. No hay razón de usar todo santo hilo para hablar de lo mismo.

Te encuentro toda la razon. De hecho cuando te lei pense en borrar lo que puse. Pero me parece provocativo calificarme de Troll. No he dado muestra de eso desde que ingrese, la razon es simple, no soy un troll.

Saludos.
Mis favoritos actuales: el maestro Federer, Jo-Wilfred Tsonga, Grigor Dimitrov. Mi pupilo: Christian Garín. Favoritos retirados: Fernando Gonzalez, Marat Safin.

Raistlin

Felcicitaciones a Federer por este gran logro, quiza uno de los mas importantes que pueda haber realizado en su exitosa carrera, una prueba fehaciente de regularidad en la cima del tenis  :clap: :txapeldun: :pal
"No todo lo que es oro brilla, ni toda la gente errante anda perdida"